Cicatrices Inútiles

Sinopsis

Novela, Causadías Editores, Ltda., Bogotá, Colombia, 1994

La invasión de los Estados Unidos a Panamá en 1989 ha marcado a muchos latinoamericanos y probablemente a todos los panameños. Elogiada y repudiada con igual vehemencia, lo cierto es que nadie pudo permanecer indiferente ante un acontecimiento de esa magnitud. ¿Era necesaria? ¿Cuáles fueron sus verdaderas causas? ¿Qué propósito debía cumplir? La novela, construida sobre un hecho histórico del que todavía se habla, no es apología de la invasión, ni diatriba contra quienes la ejecutaron. Muchas heridas que dejó siguen abiertas y, aunque con el tiempo cicatricen, nunca desaparecerán por completo. ¿Pudo evitarse? Pero, sobre todo, ¿valió la pena?.

Crítica

Aristides Royo Abogado.
Escritor. Ex Presidente de la República de Panamá

“Cicatrices Inútiles” es la historia de varios personajes a quienes une un hilo conductor, el cual es su participación en los hechos del 20 de diciembre de 1989. Excepto un encuentro que resulta fatal, los protagonistas no se conocen entre sí ni se ven a lo largo de la novela. Cada uno de ellos, sin embargo, vivirá y sufrirá a su modo la invasión de Panamá por parte de los Estados Unidos. Uno de los personajes, el indio kuna con el sonoro nombre de Belisario Porras, vivirá sólo unos instantes el momento del ataque a la base de Río Hato. La descripción del indio albino cuando sus ojos azules “quedaron iluminados para siempre” y la emocionante prosa que sigue, es a mi juicio la parte más hermosa de la novela.

Fragmento

La llamada de John Bushnell, encargado de negocios de los Estados Unidos, le llegó a Ricardo Arias Calderón mientras cenaba en compañía de su familia.

– Necesito verlos a usted, a Billy Ford y a Guillermo Endara. Se trata de algo urgente y de suma importancia. Si los puede reunir en su casa, yo estaría allí a las nueve.

– Deme un número de teléfono donde pueda llamarlo.

– Es mejor que yo lo llame nuevamente, ¿le parece bien dentro de un cuarto de hora?

– Me parece muy bien.

Ricardo Arias Calderón, presidente del Partido Demócrata Cristiano de Panamá y el más conocido opositor de la dictadura militar de Noriega, presintió que algo realmente importante estaba por ocurrir. Enseguida se puso en contacto con sus dos compañeros de nómina en las fallidas elecciones de mayo de 1989 y a las nueve, los tres políticos esperaban con impaciencia la llegada del representante de los Estados Unidos. Este venía solo y fue directo al grano.

– Esta noche llegará a la base aérea de Howard un visitante de muy algo rango en mi gobierno. Aunque no estoy autorizado para revelarles su identidad ni el motivo de la visita, puedo adelantarles que se trata de algo de gran trascendencia para su país. Se me ha pedido que los cite a ustedes y a algunos líderes de la comunidad, no más de dos o tres.

– ¿En qué lugar nos encontraríamos? -preguntó Billy Ford.

– Los esperaré a la entrada de la base a las once y de allí los llevaré al sitio de la reunión. Ahora tengo que irme.

Los tres políticos especularon un momento en torno a lo que podía estar ocurriendo, y, aunque coincidieron en que realmente esta vez sí parecía tratarse de algo serio, decidieron no adelantarse a los acontecimientos.

– ¿A quién más llevamos? -preguntó Endara.

Arias Calderón se apresuró a contestar.

– Me parece que Maribel Arango debe acompañarnos. Es la líder indiscutible de la Cruzada Civilista y, además, la candidata que más votos sacó en las elecciones para legisladora.

– Estoy de acuerdo -expresó Ford- ¿A quién más podemos llevar?

– ¿Qué les parece si le decimos a los demás presidentes de los partidos de la alianza de oposición? -preguntó ahora Endara.

– Son muchos y el encargado de negocios nos pidió solamente un par de personas. Creo que con que nos acompañe Maribel es suficiente. Si el asunto es tan serio como parece, entre menos participemos más fácil será tomar cualquier decisión.

Billy Ford estuvo de acuerdo con la opinión expresada por Ricardo Arias Calderón, a quien se comisionó para contactar y buscar a Maribel Arango.

Los cuatro panameños fueron recibidos en la entrada de la base Howard por John Bushnell y una escolta militar. Se les pidió dejar allí su automóvil y fueron escoltados al despacho del comandante de la base. En el momento en que entraban se cruzaron en la puerta con dos militares de alto rango. Detrás de ellos venía Lawrence Eagleburger, subsecretario de Estado, quien al ver a los líderes panameños, hizo las presentaciones de rigor:

– Los dos generales Thurman y Cisneros. Estos son los señores Endara, Arias y Ford, líderes electos por el pueblo de Panamá en mayo pasado.

Una vez finalizaron los apretones de mano, Billy Ford procedió a presentar a la única mujer del grupo. – Esta es la señora Maribel Arango de Santini. Ella ha sido el alma de la Cruzada Civilista. Los dos generales saludaron y se despidieron enseguida y Eagleburger invitó a los panameños a sentarse. El encargado de negocios Bushnell permaneció con ellos. El enviado del presidente Bush estuvo un rato en silencio, como buscando palabras para iniciar la conversación. Miró detenidamente a cada uno de sus interlocutores y se dio cuenta de que los informes que tenía sobre ellos se ajustaban a lo que creía adivinar en sus rostros y sus gestos. Endara, el Presidente Electo, era indudablemente un hombre bonachón y afable, que incluso ahora, en un momento de tanta gravedad, sonreía.

Arias Calderón, el primer vicepresidente, de una seriedad casi mística, parecía más un sacerdote que un político. De Billy Ford, segundo vicepresidente, le sorprendió que fuera mucho más joven de lo que aparentaba ante las cámaras, sobre todo cuando el mundo entero contempló en la televisión la golpiza que le habían infligido los serviles de Noriega. Parecía, en cualquier caso, el más corriente de los tres. En cuanto a la señora Arango de Santini, era la primera vez que la veía y en sus informes acerca de la situación de Panamá apenas si había una que otra referencia a ella, como activista contra el régimen de Noriega. Aparentaba unos cuarenta años y era una mujer hermosa, muy distinta a las damas que en su país se agitaban en la defensa de los derechos de la mujer, o de las lesbianas, o del derecho a la vida.

Eagleburger inició finalmente su discurso: – Es mi deber comunicarles que el presidente de los Estados Unidos ha ordenado una acción bélica contra las fuerzas armadas de Panamá. Nuestro propósito es el restablecimiento de la democracia en su país, la salvaguarda de vidas norteamericanas, la protección del Canal y la captura de Noriega. Eagleburger se detuvo un instante para observar el efecto de sus palabras. Los panameños se miraban sin decir nada. Endara había dejado de sonreír. – Las acciones se iniciarán exactamente dentro de una hora y trataremos de causar la menor cantidad de bajas y daños posibles. Es el deseo de mi gobierno que ustedes, señores, asuman el mando de su país a partir de ahora.