Con ardientes fulgores de Gloria

Sinopsis

Novela, Editorial Grijalbo, Santa Fe de Bogotá, Colombia, 1999

También editada por El Áncora Editores con el título “¡Arde Panamá!”. Novela histórica que aborda el difícil tema de la separación de Panamá de Colombia, la conspiración que la antecedió y las negociaciones apresuradas sobre un canal por Panamá. París, Washington, Panamá y Bogotá quedan unidos por una maraña de conspiraciones y de ambiciones; por una mezcla increíble de audacia, heroísmo y traiciones y por unos personajes –unos reales, otro de ficción- que protagonizan una historia que se comenzó a escribir hace casi cien años y que ahora se revela completa y detallada. Es una historia llena de intrigas y de personajes de fábula, bien contadas en un género que el autor ha llegado a dominar y enriquecer: la novela histórica.

Crítica

Humberto López Cruz
Catedrático de literatura, University of Central Florida

Los espacios de Bogotá, Washington y Ciudad de Panamá -con la ocasional presencia de un París- durante la década de los treinta, son los escenarios en que se desenvuelve una trama muy bien urdida y que parece extraída de archivos y grabaciones gubernamentales.

Los pasajes están estructurados de modo que el lector es testigo de un sinfín de transposiciones polares donde los convenios, conspiraciones, planes, triunfos, derrotas, van de la mano sin saber cuál precede cuál. Es indispensable resaltar el vasto conocimiento que despliega Morgan, Thomas si nos referimos al autor por su seudónimo, producto de una considerable investigación llevada a cabo sobre el tema canalero.

Sin embargo, mucho de lo que aparece en juego durante la trama de la novela es la aserción del panameño que se afirma bajo su identidad nacional. Es indiscutible admitir que la construcción del canal otorgó al Istmo una notoriedad internacional imposible de pasar inadvertida, mas, al mismo tiempo, contribuyó a que el individuo promedio tomara la consciencia debida sobre su patrimonio y posición en la región. Los personajes que aparecen en el texto, fichas tomadas de un juego inacabado donde el tablero es el mapa de América, convencen por su realidad; más bien es su presencia lo que influye en la autenticidad de la novela.

No ceso de exponer que estamos ante una novela histórica de gran valor, aunque a veces parezca un texto de historia que quiere aparecer novelado. La labor de Morgan es encomiable; la redacción: impecable. El lector debe, y tiene, que involucrarse en un texto que va a demandar información adicional debido a lo apasionante de la materia. Es fundamental documentarse sobre los temas que subyacen dentro de esta trama para, no sólo apreciar aún más la labor del autor, sino para intentar entender un evento que afectó la región latinoamericana provocando una repercusión que trascendió al continente. No constituirá una sorpresa afirmar que esta novela de Juan David Morgan está destinada a inscribirse en un lugar selecto dentro los relatos históricos de América Latina.

Ernesto Endara
Escritor panameño. Premio Nacional de Literatura “Ricardo Miró” en los géneros Cuento, Novela, Ensayo y Teatro

Es una novela exponencial de ideas, en la que el autor evade con maestría la tentación de pontificar, a la que a veces somos tan adictos otros escritores. Son los personajes los que tienen una completa libertad de gritarnos desde sus páginas sus motivaciones y creencias. Jorge Thomas los escuchó pacientemente y les sirvió de vocero. Eso es lo que otorga a esta novela una indiscutible objetividad.

Celestino Andrés Araúz
Historiador

Confieso que después de leer las 511 páginas de esta obra, aún me siento más confundido. No se si se trata una novela histórica o de una historia novelada. Los personajes, cuya actuación Jorge Thomas ha logrado reconstruir, se apegan tanto a los que señalan los testimonios históricos, que en verdad es difícil distinguir cuándo la realidad ha dado paso a la ficción o viceversa. Y es que Thomas, haciendo gala de rigurosidad en el manejo de la documentación logra lo que todos los historiadores soñamos: que los personajes hablen, que se conviertan en seres de carne y hueso, expresando sus sentimientos y demostrando sus virtudes y defectos. La novela de Jorge Thomas viene a llenar un vacío en la bibliografía literaria panameña relacionada con los sucesos que rodearon al 3 de noviembre de 1903. Pero contrario a Lamaitre, Thomas ha reconstruido con una prosa amena, clara y precisa, avalada con testimonios de la época, no una historia que parece novela sino una novela de carácter histórico.

Aunque, como es lógico, Jorge Thomas recurre a las licencias literarias en los diálogos, en la reconstrucción de algunos de los hechos que narra y en la actuación de los principales protagonistas, se percibe a través de la lectura de esta obra, un dominio del tema que atribuimos a la minuciosa consulta de bibliografía especializada y de fuentes de archivo, tanto en nuestro país como en el extranjero. Por ello, no resulta extraño que a lo largo del texto se incluyan testimonios históricos que con mucho equilibrio y acierto el autor intercala en la trama que, página a página, va apoderándose del lector, quien oscila entre lo ficticio y lo real, sin saber a ciencia cierta dónde está lo uno o lo otro.

Yolanda Crespo
Catedrática Titular de Literatura de la Universidad de Panamá

“Con Ardientes Fulgores de Gloria” muestra esa profunda erudición, el conocimiento absoluto de la historia nacional y extranjera en una narrativa bien trabajada. Esta novela histórica-política aborda el nacimiento de una nueva nación, Panamá, protectorado o república mediatizada sometida a los ultrajes foráneos desde el inicio. En esta ilustre novela sobre la secesión se refleja el dolor de los colombianos al perder Panamá, así como el tema de la independencia en todas sus facetas. Desde que comienza el libro hasta el final, presenta la vida en París, Washington, en las altas esferas políticas de Colombia, la realidad desnuda de la política, la decadencia y el servilismo político.

Luis Pulido Ritter
Escritor

Para el poeta alemán Novalis, la novela ocupa el espacio que la historia no ha podido desvelar. Dentro de esta perspectiva, la novela de Jorge Thomas es un buen ejemplo de cómo el novelista se adentra en una realidad determinada, no para describirla de una manera positivista y fenomenológicamente, sino para construirla deliberadamente y no arbitrariamente. Con una estructura impecable, cuyos días transcurren contrapunteadamente entre Panamá, Washington, París y Bogotá, la novela comienza con el periodista Henry Hall en París que, en 1931 está dispuesto a investigar la verdad en “cómo los Estados Unidos se adueñaron del Canal de Panamá”… y el destino de los cuarenta millones que se pagaron por la transacción.

Fragmento

Bogotá, 2 de julio de 1903

Cuando entraron en la segunda semana de labores sin haber recibido del Poder Ejecutivo el protocolo del tratado del Canal, los ánimos empezaron a caldearse. El líder de los conservadores nacionalistas, Miguel Antonio Caro, se paseaba por el recinto como un tigre enjaulado a quien se priva durante mucho tiempo de la oportunidad de lanzarse sobre su presa. Se formaban pequeños conciliábulos donde los más optimistas entre los opositores al convenio especulaban en torno a la posibilidad de que Marroquín, finalmente, hubiera resuelto devolver a los norteamericanos el malhadado documento para que se modificaran aquellas cláusulas que tanto ofendían la dignidad de Colombia.

Panamá, martes 27 de octubre de 1903

Diez minutos después de que las campanas de la Catedral dieron las siete, el doctor Manuel Amador Guerrero descendió las escaleras su casa. Sabía que de su reunión con los conjurados dependería la suerte definitiva de la gesta separatista. De algún modo tendría que transmitirle al grupo confianza en el plan concebido por Bunau Varilla y explicarles por qué él no había podido entrevistarse personalmente con ninguno de los máximos dirigentes del gobierno norteamericano. No ocultaría nada para que al momento de tomar decisión, cualquiera que ella fuera, todos lo hicieran con un conocimiento cabal de los hechos.

Washington, domingo 1 de noviembre de 1903

En el momento en que John Hay, Francis Loomis y Charles Darling entraron en el despacho presidencial, Theodore Roosevelt se entretenía haciendo girar un enorme globo terráqueo colocado a un lado de su escritorio.

– John, Francis, Charles, buenas noches y gracias por venir aquí hoy domingo y tan tarde. Precisamente analizaba la importancia que el Canal de Panamá tendrá no solamente para nuestra Marina de guerra, sino para el comercio mundial.
¿Han observado cómo facilitará el intercambio entre el Lejano Oriente y la costa Este de los Estados Unidos? Lo mismo puede decirse de Europa. Ese canal que los malditos colombianos no quieren que construyamos contribuirá enormemente al desarrollo de la economía mundial.

Panamá, martes 3 de noviembre

En Santa Ana, sin saber lo ocurrido, el general Domingo Díaz se preparaba para conducir a su gente hacia el Cuartel de Chiriquí. Había enviado dos emisarios a Huertas dejándole saber que no era posible esperar más. “Adviértanle que yo no espero hasta la noche; a las cinco de la tarde comenzaremos las acciones”.

La plaza rebosaba de gente y se acercaban más por las calles aledañas. En la plaza de la Catedral, José Gabriel Duque había reunido ya a los doscientos voluntarios del Cuerpo de Bomberos y la carrera de Bolívar, que comunicaba ambas plazas, también se iba colmando de istmeños. Se improvisaban discursos patrióticos y con la ayuda de sus antiguos lugartenientes de la guerra civil, Carlos Clement y Juan Antonio Jiménez, el pequeño general Domingo Díaz, subido sobre una banca, hacía esfuerzos por controlar a los más exaltados. En ese momento distinguió la robusta y sudorosa figura de Archibald Boyd que a codazos procuraba llegar hasta él.

– ¡Abran paso a Boyd! – ordenó el general, a quien la expresión del rostro del recién llegado le indicaba que algo muy importante había ocurrido.

– Don Domingo, su hermano Pedro, que está en Catedral, me envía a informarle que acaban de llevarse presos a los generales. Aunque Boyd había procurado hablar bajo, el mensaje se regó rápidamente entre la masa y el general Díaz, consciente de que le sería imposible controlarla, gritó:

– ¡Síganme al Cuartel de Chiriquí!
A Clement le pidió que permaneciera en Santa Ana organizando a aquéllos que se sumarían al escuchar la noticia que despejaba el camino hacia la separación.

Unos minutos más tarde, como una oruga gigante, la marea humana se desplazaba por la carrera de Bolívar. Los más pudientes, que habían pasado casi toda la tarde encerrados en sus casas, abrieron los balcones para saludar y lanzar vítores y muchos bajaron las escaleras para incorporarse al improvisado desfile. En la plaza de la Catedral, junto a Pedro Díaz, esperaban el Maestro Arango con sus hijos Belisario, Ricardo y José Agustín. Invitados por el general Díaz, se sumaron a la cabeza del grupo.

– ¡Ésta es la gran marcha de la independencia! -gritó el Maestro Arango con lo poco que le restaba de voz. Cuando la multitud entró a la carrera de Ricaurte, los que seguían a Carlos Clement en la segunda oleada se habían unido al desfile y la arteria principal de San Felipe, desde Santa Ana hasta las proximidades del Cuartel de Chiriquí, se vio colmada de istmeños que lanzaban vivas al Partido Liberal y a la nueva república.

Dentro del cuartel, Huertas, quien por precaución había redoblado la guardia, se asombró y atemorizó ante la enorme muchedumbre que ya estaba a menos de cien metros de la gran puerta que impedía el acceso al fortín. Sin poder distinguir a los líderes, el comandante del Batallón Colombia vacila. El pueblo sigue avanzando y de pronto se detiene bruscamente al advertir que los soldados se hincan y en posición de combate apuntan sus rifles hacia la multitud. Algunos se repliegan mientras los más osados lanzan órdenes de seguir avanzando. El general Díaz no sabe lo que ocurre «¿Se arrepentiría Huertas?», se pregunta, y decide averiguarlo. Acompañado de Clement se adelanta a la multitud para que desde el cuartel lo puedan reconocer. Tras un momento de silencio expectante se escucha la voz de Huertas.

– ¡Descansen armas! -ordena a sus hombres que, sin saber lo que está ocurriendo, obedecen en el acto. Huertas salió del cuartel, se abrazó emotivamente con el general Díaz y ordenó abrir las puertas al pueblo; él mismo rompió el candado que daba acceso al parque. En medio de un jolgorio indescriptible, los istmeños de todas las capas y todos los colores se abalanzaron sobre las armas y las municiones. Minutos más tarde, entre vivas y risas, un improvisado ejército, el primero de la nueva república, emergió del cuartel ante la mirada atónita de los soldados del Colombia.