El Caballo de Oro

Sinopsis

Novela, Ediciones B, Barcelona

En 1847 se inician los preparativos para la construcción de una línea férrea en el istmo de Panamá, la primera que unió dos océanos, y que no concluirá hasta enero de 1855, tras una larga serie de adversidades. La realización del plan de la Panama Railroad Company es objeto de un ambicioso proyecto comercial que, en plena fiebre del oro californiana, superará todas las previsiones: la descomunal afluencia de buscadores de oro rebasará la capacidad de acogida de los pueblos panameños provocando profundos cambios en la sociedad, transformada en un agitado hormiguero. Surgirán barreras orográficas, inconvenientes climatológicos, enfermedades incurables, competidores desleales, iniciativas empresariales hostiles, forajidos, innumerables contratiempos que no sólo retrasarán el término de la obra y dispararán el presupuesto inicial, sino que elevarán seriamente el sacrificio de aquellas personas seducidas por el atractivo sueño de la prosperidad.

Juan David Morgan, que anteriormente había publicado bajo el seudónimo de Jorge Thomas, ha construido una novela de ritmo trepidante en la que coexisten episodios históricos y personajes reales –como es el caso del escritor John Lloyd Stephens– con el relato de los estragos que causaron las enfermedades tropicales, las tragedias y proezas de los inmigrantes y las relaciones amorosas que surgieron en medio de la gran aventura de la construcción del ferrocarril de Panamá.

Crítica

J. J. Armas Marcelo
Escritor

“La obra de Juan David Morgan es literatura pedagógica, literatura didáctica, que en nuestro país necesitamos constantemente.”

Daniel Domínguez
Crítico y periodista

“La novela histórica debe ser un conducto para que uno viaje en el tiempo y lo conozca a través de la literatura, la investigación y la imaginación. Cuando este tipo de obra está bien lograda, se convierte en verdadero documento de consulta… Por eso es tan valioso el aporte del panameño Juan David Morgan con su novela “El Caballo de Oro” (Ediciones B), que narra la aventura de construir el ferrocarril que uniría el Atlántico con el Pacífico del Istmo, sin duda una de las empresas de transporte y comunicaciones más extraordinarias y peligrosas que ha acometido el hombre en los últimos siglos.
El novelista, ya un experto en eso de la historia narrada, logra que personajes reales sean cercanos luego que uno lee su obra de 448 páginas. Al final ya uno se siente como un viejo conocido con el coronel George Totten, los ingenieros James Baldwin y Minor Story, el capitán Cleveland Forbes, el vaquero Randolph Runnels, el comodoro Cornelius Vanderbilt, el ladrón Tim O’Hara, los empresarios William Aspinwall, George Law y Peter Eskildsen y la periodista Elizabeth Benton Freeman. Juan David Morgan utiliza recursos como testimonios, cartas, informes, bitácoras y diarios para darle humanidad a su obra y evita así ser lineal en contar historias de sacrificio, amor y solidaridad.”

Aristides Royo
Ex-presidente, ensayista y Académico numerario. Academia Panameña de la lengua “

… el que quiera conocer los orígenes del primer ferrocarril que unió dos océanos, el financiamiento de la magna obra, las luchas para vencer los obstáculos de esta tierra cálida, lluviosa, insalubre, selvática y muy poco desarrollada a mediados del siglo XIX, debe leer esta novela y conocer a quienes la construyeron a riesgo de su salud y en muchos casos a costa de sus vidas.
Es preciso decir que si bien el esqueleto de la novela es la historia, rigurosamente cierta y bien contada y para mi gusto lo más importante, lo que en inglés se denominaría “the emotional flesh”, emana como un torrente de la fértil imaginación del autor, para quien la literatura no es una huída de la realidad, sino su correlato, tan importante y peligroso como ella misma. En otras palabras, a los que nos apasiona la historia, nos gusta y emociona el recuento de los hechos reales. A los que les gusta, y están en su derecho, las narraciones amorosas, se sentirán satisfechos con la obra, pues al fin y al cabo, los constructores, los ingenieros del ferrocarril fueron seres de carne y hueso que cumplieron con los preceptos bíblicos de conocerse, amarse y reproducirse.”

Alfredo Figueroa Navarro
Historiador y escritor

“Hay tantas aristas en “El Caballo de Oro” que sería difícil explayarse sobre la totalidad de sus aspectos: la lucha del hombre por dominar una naturaleza indómita, la crecida mortalidad de quienes intentaron abrir la trocha intermarina, las vicisitudes de tantos boteros, cargadores y conductores de recuas de mulas, la fe en el progreso de la humanidad merced a la cristalización de ferrocarriles, anhelo tan definitorio del siglo XIX… la morfología, la ecología, la fauna y la flora del istmo central, los cambios que produjo el camino de hierro en la sociedad anfitriona, las aventuras del amor, del odio y del crimen que ocurrieron paralelas a la eclosión de esa proeza tecnológica, los subidos dividendos, las impensables ganancias. Y, en el fondo, el estallido del incidente de la Tajada de Sandía en abril de 1856, epifanía de la xenofobia patria.
No menos descollantes son las técnicas que utiliza el novelista para lograr sus propósitos: el monólogo interior, el progreso de la narración gracias a unas cartas que se intercalan, el uso de unos diarios íntimos y bitácoras de los protagonistas cuyas psicologías el autor aspira a exponer, comprender y elucidar. También impresiona la diversidad de espacios donde transcurre la novela, rasgo que tiende a universalizarla.”

Manuel Domínguez
Crítico

“Un acto de mezquindad… sería afirmar que “El Caballo de Oro” es un libro sobre la construcción del ferrocarril interoceánico. En realidad se trata de una obra de dimensiones múltiples que toma como excusa ese hecho decimonónico para contarnos un poco del mundo y mucho de Panamá. Morgan reconstruye con detalle asombroso la épica que valientes emprendedores alcanzaron en el istmo… echando mano a un estilo claro, sencillo… en esta trama en la que se cruzan el heroísmo, la intriga, la vida y la muerte, y en medio de todo aquello el amor.”

Julio Bermúdez
Periodista y crítico

“Novela de corte histórico, “El Caballo de Oro” posee la magia de un aliento largo, profundo, seductor, en el que su autor despliega, como plataforma conductora, la tenacidad del hombre frente a la naturaleza, y la más elevada expresión de ese sentimiento que es el amor, encarnado en la vida del escritor y empresario John Lloyd Stephens y su esposa Elizabeth… No es un cuento llano, es una novela cargada de imágenes y reflexiones, de escenografías cálidas, sobre los sueños y la persistencia de sus protagonistas… Descriptivo y sugerente a lo largo de la obra, al final de la novela Juan David Morgan descarga su golpe magistral. Ha estructurado y madurado la narración de tal manera que sabe que el lector está copado de una pasión irremediable, que no pierde de vista siquiera la respiración de Elizabeth; que a lo largo de las 448 páginas del libro ha aprendido a admirarla y a quererla, a entender el relato a través de su diario y de su percepción, de su alegría, de sus sueños y sus reflexiones, y como en una espiral de humo gris y denso, el escritor suelta el silencio y el suspenso, corta la descripción y deja que cada quien asuma su desesperación y viva la sorpresa y el dolor de la mejor manera.”

Fragmento

Del Diario de Elizabeth Benton
Noviembre 30

Ayer tuvimos el placer de recibir una de las visitas periódicas de Baldwin. Si alguien disfruta su trabajo en este mundo loco es este ingeniero singular que tiene a su cargo el trazado de la ruta. En el fondo es un verdadero misántropo, que goza de su soledad descubriendo lugares nuevos. John y yo nos divertimos mucho con sus pintorescas y originales descripciones de los paisajes, de la naturaleza y de las gentes. Baldwin es un observador minucioso y un narrador nato que cuando quiere ser más preciso nos lee de un cuaderno de tapas duras que lleva siempre consigo para anotar todo lo que llama su atención.

Estuvo especialmente elocuente cuando nos relató anécdotas de las excentricidades que ha despertado la fiebre del oro. Contó la llegada de veinte camellos que algún chiflado tuvo la ocurrencia de traer de los desiertos de Arabia para reemplazar a las mulas.

«Lo veía y no lo podía creer. ¡Camellos en el istmo! Las pobres bestias duraron menos de un mes. A los que no se desbarrancaron se les pudrieron las pezuñas, que, acostumbradas a la arena seca y ardiente, no soportaron la humedad del trópico.» Habló también de su encuentro con otro empresario que hizo traer a Panamá dos toneladas de hielo. «Lo envolvió en sacos con sal, lo embarcó en Boston y a los tres meses, después de atravesar el cabo de Hornos, lo recibió en Panamá. ¡Se imaginan la novedad y el escándalo! Me asegura que hizo buen negocio pues aunque durante la travesía casi la mitad se le convirtió en agua, con el resto obtuvo una buena ganancia vendiéndolo a cantinas, hoteles y casas de juego que pagaban lo que fuera por brindar hielo a sus asombrados clientes.»

Pero los relatos que más disfrutamos son los que hace nuestro amigo de las estaciones por las que va avanzando la línea del ferrocarril. Entusiasmado, nos hace revivir con él cada paso que da: sus dificultades para romper la barrera de la manigua; o para encontrar un camino que bordee las profundas cañadas en las que abundan los reptiles y las fieras; o para determinar los sitios más adecuados donde cruzar los muchos ríos y riachuelos que corren a fundirse en el Chagres antes de desembocar en el Atlántico.

Los nombres de los lugares por los que va tendiendo la ruta los recoge de boca de los nativos que no saben cuándo ni cómo se originaron: Lion Hill, Ahorca Lagarto, Bohío Soldado, Frijoles, Tabernilla, Barbacoa, extrañas denominaciones que Baldwin va anotando sobre el mapa para luego ensartarlas en una línea dentada que representa la ruta que algún día recorrerá el ferrocarril. Con el dedo índice sobre el mapa señala el recorrido, se detiene en Barbacoa y dice gravemente: «Llegar hasta este punto no será mayor problema, sobre todo después de las dificultades de Manzanillo y el Pantano Negro. Pero aquí, en Barbacoa, debemos atravesar el Chagres, lo que nos obliga a construir un puente de más de seiscientos pies de largo. Ése será nuestro próximo gran desafío.»

Si bien su versión detallada de los avances de la ruta resulta apasionante, donde Baldwin se revela como un verdadero poeta es en las descripciones de la naturaleza que extrae de las notas de su cuaderno. Oyéndolo es fácil imaginarse los pájaros de pico descomunal, vívidos colores y vuelo torpe que los nativos llaman tucanes; los enormes árboles de tronco desnudo coronado por un penacho de hojas muy verdes que llevan el nombre de Panamá; la gran variedad de mariposas que pintan el aire con colores y matices nunca vistos; los tapires, saínos, monos perezosos, osos hormigueros, cangrejos de tierra y otros extraños animales que el ingeniero descubre por primera vez y describe con maestría.

Concluida la visita, Baldwin guarda su cuaderno, se echa a la espalda la vieja mochila de cuero y se pierde de nuevo en la espesura. El cálido eco de su voz permanece vibrando entre nosotros y salpicando de notas alegres nuestras tertulias.

 

(Otro Fragmento)

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