El Ocaso de los Inocentes

Sinopsis

Panamericana Editorial Ltda., Colombia, 2011

La noticia de un atentado, de esas que a diario aparecen en los medios, desata una investigación periodística que devela un mundo de corrupción, intrigas, delaciones, organizaciones criminales y conjuras políticas que generan y ocultan dramas humanos desgarradores.

Juan David Morgan, con un nombre cimentado en la novela histórica, incursiona en la novela policiaca que con tanto éxito cultivó George Simenon, el creador del inspector Maigret. El ocaso de los inocentes no propone, como es tan común en el género, una trama innecesariamente complicada: más bien una historia —como la vida— llena de amores y de traiciones, de giros inesperados, de heroísmos y bajezas, que dejan en el lector la sensación de haber sido testigo de una historia que bien pudiera haber sido, o ser en el futuro, real. Un thriller con muchas probabilidades de ser mañana una novela histórica.

Crítica

Aristides Royo
Ex-presidente de Panamá y ensayista

“El autor logra lo que todo novelista aspira, que es mantener engañado al lector y en esta obra lo consigue hasta el final. Nos hace sentir como espectadores de un juego de ajedrez en el que política, corrupción y crimen son fichas movidas por los intereses abyectos de los personajes”.

Elisa Fenoy
Crítica y escritora

Novela realmente importante, fuera de lo común en muchos aspectos:
-No pretende crear intrigas falsas o castillos en el aire sorprendentes: está urdida descifrándonos los tejemanejes que a diario se viven a nivel político y de los ámbitos del poder, y esto es extrapolable a cualquier país actual, no sólo a los países de jóvenes democracias y de debilidad cultural, histórica o monetaria como nos apunta uno de los personajes. En realidad, esta novela nos presenta una verdad universal, y no lo hace como denuncia panfletaria sino con inteligencia, elegancia y medida. Tiene tanto valor como otras novelas sociales o políticas que tan bien han escrito algunos sudamericanos, como Sábato o Edwards, o el español Rafael Chirbes. Pero a la vez esta novela tiene algo de Le Carré, porque siempre hay sorpresa e intriga, aunque ya digo, no a la manera de fuegos artificiales o castillos en el aire, es más medida, es muy poco artificiosa. Así que, por un lado, tiene el valor de las novelas de Chirbes (nos descubren realidades políticas y sociales, terrenos en los que muy pocos escritores osan adentrarse), y por otro lado funciona como novela de acción e intriga, aunque es verdad que con una medida menos fantástica que Le Carré.

-Los personajes “son”. Nos creemos a todos, es más, los extrapolamos a nuestra realidad social. Esto inquieta pero a la vez nos asegura: al final el honor, lo cabal, lo humanamente correcto y deseable, está llamado a salir vencedor. Sí, ciertamente Morgan nos muestra nuestro mundo, ha dado en el clavo. Y no como salvador, salvadores son por ejemplo los de la mano blanca, qué horror. Lo hace con la elegancia del que regala la verdad sin pretender deslumbrar, sólo para servir a los demás. A mí, desde luego, esta obra de Morgan no sólo me gusta, me interesa, me entretiene, sino que, además, me ha servido para darle nombre a aquella realidad que vivimos y así poder posicionarme en ella como elemento social y como persona”.

Jorge Eduardo Ritter Abogado, miembro de la Academia Panameña de la Lengua, Ex-ministro de Relaciones Exteriores y Ex-ministro del Canal, Panamá

“La novela policiaca en verdad es un género especialísimo, que exige tanto o más que las novelas históricas a las que nos tiene acostumbrados Juan David, pues no depende de hechos históricos en los cuales apoyar su trama: es la creatividad flotando a solas, bajo el mando solitario del autor.

Y Juan David Morgan conduce esa nave por mares desconocidos en dos planos diferentes, con idéntica pericia: por un lado solventar complicados conflictos éticos de los personajes y por el otro mantener el suspenso en el relato.”

Fragmento

“El problema de nuestro país ─había afirmado José Alejandro─ es el mismo que aqueja a todas las democracias del mundo capitalista. Tenemos un sistema de gobierno diseñado para funcionar en un clima de normalidad, donde los asociados, la gente como tú, como yo, o como el vecino de enfrente, cometemos delitos que no representan una amenaza para la institucionalidad de la nación. Ni siquiera el más horroroso de los homicidios es capaz de sacudir los cimientos de la sociedad porque, conforme a las normas que rigen el Estado de Derecho, al delincuente común se le lleva ante la justicia, se le sigue un proceso justo y se le castiga por violar la ley penal, ya sea privándolo de libertad o, en algunos países, tal vez más sabios, de la vida misma”. A medida que hablaba, el tono y los ademanes de José Alejandro iban incrementando en intensidad. Era la primera vez que Obe lo veía apasionarse por un tema que no fuera el de los negocios. “Sin embargo, este sistema de convivencia no está preparado para combatir el crimen organizado. Cuando los narcotraficantes, las pandillas o los terroristas, con tal de lograr sus propósitos, le declaran la guerra a la sociedad, ésta es incapaz de hacerle frente, de defenderse en pie de igualdad. ¿Por qué? Sencillamente porque las leyes de convivencia obligan a los gobernantes a respetar los derechos humanos de los integrantes de las organizaciones criminales. No pueden los gobiernos, por más que quisieran, salir a defenderse en un plano de igualdad. Mientras los terroristas, los pandilleros y los narcotraficantes matan indiscriminadamente, el Estado debe respetar sus derechos y someterlos a un juicio en el que se cumplan todas las normas del debido proceso. Y en tanto esto ocurre, los criminales amenazan a los jueces y a sus familias, o, tal vez peor, utilizan el dinero obtenido ilícitamente para comprarlos. Por eso cada vez más mafiosos escapan de las redes de la justicia.

Poco a poco, el poder del dinero y el de las armas va minando las instituciones del Estado de Derecho y, como está próximo a ocurrir en México, las naciones se convierten en Estados fallidos. Se hace necesario, entonces, olvidarse de tanto miramiento humanístico y reforzar los instrumentos de coerción de la democracia. No hay otra forma de enfrentar a las pandillas y a los carteles de la droga, que cada día se vuelven más poderosos. Esto lo comprendieron perfectamente Bush y su equipo de gobierno cuando, después del once de septiembre, expidieron la ley patriótica para poder perseguir más eficientemente a los terroristas, utilizando, si se quiere, sus mismos métodos: secuestros, encarcelamientos sin previo juicio, torturas y, de ser necesaria, la eliminación física”.

Obe, católico practicante y amante de la paz, seguía la disertación de su jefe y amigo con una mezcla de fascinación y desconcierto. ¿De dónde le habían venido a José Alejandro semejantes ideas?