Entre el Honor y la Espada

Sinopsis

Editorial Planeta, México, 2013

Londres, 1685. El capitán Morgan inicia el juicio que busca limpiar su nombre tras ser difamado por una publicación que narra sus aventuras en América. Los testimonios se suceden y gracias a ellos descubrimos cómo sus incursiones consolidaron la conquista de Jamaica y alcanzaron su punto culminante en la toma de Panamá. El líder de los corsarios ingleses acumula riquezas, reconocimiento y mujeres conforme sobrevienen sus victorias, pero el éxito no siempre va ligado al honor y sus tácticas son cuestionadas por muchos.

Sir Henry Morgan no solo enfrentó las inclemencias de la guerra, sino que tuvo que lidiar con los vaivenes de la política inglesa, que por un lado hacía tratados de paz con España y, por el otro, permitía los ataques en el Caribe para apoderarse de los ricos tesoros españoles.

Una extraordinaria novela histórica basada en hechos reales que retrata a un controvertido personaje y a la vez nos lleva a un cautivador recorrido por los puertos y ciudades del caribe.

Crítica

Aristides Royo
Ex-presidente de Panamá y ensayista. Miembro de la Academia Panameña de la Lengua.

“En esta novela, que atrae por su realismo y su buena calidad literaria, surge la figura de Henry Morgan como la de un aventurero, hombre de acción que desea retirarse pero siente que sobre el deseado descanso prevalece el interés por aumentar su peculio y por la defensa y la gloria de su nación. También es hombre que luchará en los estrados judiciales por la defensa de su honor cuando siente que un escritor holandés ha denigrado su conducta luego de la toma de Portobelo y de Panamá…”

“No podía el autor olvidarse del amor y los lectores apreciarán las tiernas y a veces tórridas escenas de Henry con su esposa Mary Elizabeth, que prefería hacer el amor con sus bellos ojos zarcos abiertos y luego cerrarlos en busca del reposo. Le deseo a los lectores lo que se deseaban entre sí los corsarios cuando se despedían para navegar: “Buenos vientos y buena caza”.

Jorge Eduardo Ritter
Abogado, miembro de la Academia Panameña de la Lengua, Ex-ministro de Relaciones Exteriores y Ex-ministro del Canal, Panamá.

Henry Morgan entabla un juicio por difamación contra unos editores que publicaron un libro de piratería en el que describían las atrocidades cometidas por él en los mares de América. Un pirata demandando a libreros (los pájaros disparándoles a las escopetas). Tremenda ocurrencia -pensé- y una manera imaginativa y audaz de estructurar una novela para quien, además de novelista, es abogado. Cuando le pregunté a Juan David cómo había dado con semejante ocurrencia, me enteré que, una vez más, la realidad superaba a la ficción, pues como dicen en el interior, presta la casualidad que el juicio de verdad tuvo lugar. Y lo más asombroso es que ese fue el primer juicio en la historia de Inglaterra en el que un particular demandaba ante la Corte del Rey a otro particular por difamación. Calumnia e injuria, diríamos hoy.

Y es ese juicio lo que atrapa al lector, porque la novela no sólo comienza con el proceso sino que además le sirve de hilo conductor para recrear la vida de Henry Morgan. Con una construcción ingeniosa y amena, la vida de Morgan y el juicio que entabló caminan en paralelo, entrelazados y con idéntico interés para el lector, de manera que uno por momentos quiere acabar pronto el capítulo de la vida para ver cómo va el juicio, y al rato quiere terminar rápido el capítulo del juicio para seguir conociendo de la vida de Morgan.

Entre el honor y la espada es también, aunque Juan David no lo quiera un libro de piratería, que describe la vida, las vicisitudes, las ambiciones, las alegrías, las perversiones, los sentimientos, las frustraciones, los excesos y los amores de esos hombres que surcaban los mares en busca de fama y fortuna.

Fragmento

Jamaica, 1665

Tres noches con sus días duró la celebración del regreso triunfal de Henry Morgan y sus corsarios a Port Royal. El jolgorio no terminaría hasta que los cuerpos de los juerguistas quedaran exánimes en los camastros de los burdeles, sobre las mesas de las cantinas o en cualquier lugar de la villa donde los sorprendiera el agotamiento total. Henry Morgan emergió de The Sign of the Mermaid, el más cotizado de los prostíbulos, decidido a ir a ver a sus parientes en Spanish Town…

Henry abordó el coche sin haberse repuesto todavía de los efectos de los tres días de juerga. Un malestar general, una gran pesadez en la cabeza y una revoltura de tripas le impedían pensar con claridad y no había transcurrido la primera media hora del viaje cuando ya se arrepentía de haberlo emprendido. Si bien era necesario visitar a sus primos en algún momento, ¿por qué tanta premura? Sus recuerdos de infancia eran solamente eso, recuerdos, y el hombre en el que Henry se había convertido distaba mucho de aquel niño que soñaba con escapar de la vida campesina y lanzarse a navegar por los mares. Tal como afirmaba Robert, las hijas de Edward Morgan habían recibido una educación exquisita, hablaban varios idiomas y estaban acostumbradas a tratar con nobles y cortesanos. Henry, en cambio, apenas si hablaba algo de francés, más por necesidad del oficio que por verdadera instrucción, sus modales eran rudos y la mayoría de sus amigos y conocidos eran gente acostumbrada al maltrato, al alboroto y al altercado. Además, la vida de un corsario era incompatible con las responsabilidades familiares y él acababa de dar el primer gran paso hacia el liderazgo absoluto de sus compinches. A sus treinta años era un hombre rico y cuando llegara el momento de dejar el mar y la guerra se retiraría a su finca y quizá para entonces querría tener a su lado una mujer que le hiciera compañía. Quizá, porque por ahora era feliz con sus compañeros de juerga y con sus prostitutas, que a cambio de una noche de placer solamente exigían un par de reales de ocho. En fin, Henry se sentía satisfecho con su vida y su oficio de corsario: al mismo tiempo que se enriquecía, también servía a su patria, ganándose el respeto y la admiración de muchos. El año próximo, mientras cumplía el compromiso que acababa de adquirir con el gobernador de reorganizar la milicia de Jamaica, aprovecharía para comprar más tierras hasta poseer por lo menos dos mil acres que, sembrados de caña de azúcar, le permitirían un ingreso significativo y le asegurarían un lugar en la comunidad como uno de los más importantes hacendados de la isla. Con su tío y sus primos se comportaría como un miembro más de la familia y los ayudaría en lo que estuviera a su alcance, pero siempre manteniendo la distancia necesaria para no alterar su vida y su felicidad.

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Río Chagres, enero de 1671

Henry Morgan y sus hombres navegaron los primeros dos días por el anchuroso Chagres sin mayores complicaciones. Poco acostumbrados al ocio, pudieron maravillarse ante la altura y frondosidad de los árboles que crecían a ambas orillas del río, cuyas copas se juntaban en la altura y envolvían el río en una sombra permanente, ambiente propicio para la multiplicación de insectos que atacaban sin piedad a los aventureros. Aunque habían visto antes cocodrilos, serpientes y tarántulas, nunca los imaginaron tan enormes y numerosos. Pero, por tratarse de sus mascotas preferidas, lo que más comentarios suscitaban entre los piratas era el exuberante colorido que exhibían en sus plumajes los loros y la increíble variedad de monos que, curiosos, seguían desde los árboles el lento ascenso de las naves. Al amanecer del tercer día los guías avisaron que doscientas yardas más arriba, donde el río comenzaba a estrecharse dificultando la navegación, se hallaba la primera trinchera levantada por los españoles, una empalizada apisonada con tierra que parecía abandonada. Los veinte hombres que envió Henry a investigar informaron que, aunque estaba desierta, cenizas todavía tibias indicaban que los españoles habían pasado allí la noche. Igual ocurrió con otras dos empalizadas que encontraron cuatrocientas y ochocientas yardas más adelante.
-Supongo que al ver un ejército tan numeroso han decidido abandonar las defensas para concentrarse en algún punto al final de la ruta fluvial donde puedan pelear con ventaja -comentó Henry a Ringrose.
A medida que el río se estrechaba, las aguas se tornaban menos profundas, desnudando poco a poco las enormes y recónditas raíces de los árboles, hasta que llegó un punto en que las naves de mayor calado no pudieron continuar. Henry decidió dejarlas al cuidado de cincuenta hombres, cuya selección se le dificultó porque todos querían seguir rumbo a Panamá para demostrar su valor a la hora del combate y obtener, así, una mejor tajada del botín. A fin de no entorpecer la marcha, los cañones y parte de los alimentos quedaron en las embarcaciones, cuyos ocupantes continuaron caminando por las márgenes del río, exponiéndose aún más a los insectos y a los reptiles. Siguiendo las normas de equidad pactadas por la Hermandad, cada cierto tiempo intercambiaban lugar con los que remaban en las canoas.
Más adelante, el Chagres comenzó a serpentear, a enroscarse sobre sí mismo como una culebra que quisiera morderse la cola, tanto que a los guías se les dificultaba distinguir cuándo se trataba del río y cuándo de alguno de sus múltiples afluentes. Para entonces, al no encontrar en la jungla animales cuya carne pudieran comer, Henry se había visto obligado a racionar los alimentos, dando prioridad a los que enfermaban víctimas de la fiebre tropical. Luego de perder día y medio extraviados, los guías anunciaron que estaban próximos a Barro Colorado, un pequeño villorrio de aborígenes levantado en las faldas del cerro del mismo nombre, donde los españoles habían construido una empalizada de mayor envergadura. Esperanzado de enfrentar finalmente al enemigo y despojarlo de sus provisiones para alimentar a su tropa, el general Morgan ordenó el asalto inmediato.…

Ciudad de Panamá, Mata Asnillo, 18 de enero de 1671

El domingo 18 de enero de 1671 don Juan Pérez de Guzmán se levantó de su lecho más temprano que de costumbre. Todavía el ataque de erisipela no había cedido y sentía la debilidad producida por los sangrados, pero se trataba del día más importante de su vida. La víspera, después de que sus vigías avistaron a los piratas en las colinas ubicadas tres leguas al noroeste de la ciudad, se había apresurado a completar la organización de sus cuadros y antes del atardecer supervisó, personalmente, la colocación de los cinco cañones de que disponía en la pequeña planicie conocida como Mata Asnillo, donde se daría el enfrentamiento. Antes de retirarse a dormir había recibido la buena nueva de que casi todos los desertores de Guayabal se habían reincorporado al ejército, excepción hecha de algunos malos oficiales. González Salado había tenido el descaro de mandarle a avisar que él permanecería en el islote de Perico ayudando a las monjas, curas, mujeres y niños a escapar de los piratas y después se sumaría al combate.
¡Maldito cobarde!
A las siete de la mañana, rodeado de sus oficiales, de los pocos curas que permanecían en Panamá y de algunas autoridades civiles de menor jerarquía, don Juan acudió a la iglesia de la Inmaculada Concepción a orar por última vez ante su patrona. En expiación por la ayuda que recibiría de ella a la hora de combatir al hereje invasor, depositó a sus pies el mejor de sus anillos de brillantes, valorado en más de veinte mil reales de ocho. El resto de sus joyas las distribuyó, personalmente, entre los demás templos de la diócesis.…