Los Susurros

Sinopsis

Ignacio de la Torre, uno de los más importantes empresarios de Panamá, desaparece sin dejar rastro al mismo tiempo que se publica una acusación de pederastia en su contra.  Aunque su cuerpo nunca fue hallado, un juez declara la presunción de su muerte.  Su hijo Fernando, heredero del imperio, ha continuado el legado de éxito; su riqueza y poder no conocen límites, pero tiene un punto débil: la sombra de su padre, no saber si realmente ha muerto ni si cometió el delito por el cual fue acusado.

Después de diez años, la estabilidad familiar comienza a tambalearse cuando se revela la fotografía de un hombre idéntico a Ignacio.  Las sospechas parecen confirmarse, la fortuna de Fernando de la Torre parece estar en peligro.

En medio de las dudas y la intriga, el renombre de la familia se pone en juego, al igual que la comodidad de la que han gozado todos sus integrantes en ausencia de Ignacio.  ¿Seguirá vivo? ¿Habría cometido aquel horrendo crimen?

Crítica

Juan Bolea
Escritor y periodista. Principal impulsor del Festival Aragón Negro

Misterio, dinero y amor en Panamá
El Periódico de Aragón

Uno de los actuales escritores centroamericanos con mayor proyección internacional es el panameño Juan David Morgan, abogado de profesión, comprometido con la historia reciente de su país y gran conocedor de su pasado, algunos de cuyos principales episodios ha literaturizado en su brillante ciclo de novelas históricas.

Pero últimamente J. D. Morgan está ampliando sus quehaceres literarios a otros géneros, en especial a la novela negra. Prueba de ello es su reciente publicación, Los susurros (Planeta).

El título hace referencia a una finca de cafetales en Chiriquí, de donde, en la ficción, proceden los miembros de la familia De la Torre, clan de empresarios cuya segunda generación afronta toda clase de dificultades derivadas de la súbita e incomprensible desaparición del fundador de la dinastía, Ignacio de la Torre, mientras practicaba descenso en kayak por el río Chiriquí Viejo. ¿Accidente? ¿Secuestro? ¿Premeditada huída? El cierre en falso de esa importante vida abrirá Los susurros a la intriga detectivesca, policial y judicial, y a la concepción y desarrollo, por parte del autor, de una trama sugerente, interesante, cuyas espirales y turbulencias nos apasionan desde las primeras páginas, despertando una avidez lectora que ya no cederá hasta el inesperado, e imprevisible, desenlace.

Novela escrita con pulso, con ritmo, acierta en el retrato de la clase dirigente de un país joven, emergente, tradicional en algunos aspectos y moderno en otros. Una sociedad competitiva y de contrastes en la que florecen toda clase de personalidades y tipos, muchos de los cuales el autor ha conocido en persona, y que posteriormente ha transformado en personajes representativos de su sociedad.

Un mundo económico y afectivo, social y familiar en el que es fácil advertir las influencias españolas, mezcladas con el sustrato indígena, las migraciones africanas, tantas de ellas forzosas, y, en el caso de Panamá, la larga presencia de Estados Unidos.
Países jóvenes, los centroamericanos, aún sin cohesionar, donde poder y creación, poesía y política se cruzan tan a menudo como el dinero y el amor. Sociedades cuajadas de un futuro por vertebrarse en ese complejo y a veces oscuro presente que novelistas como Morgan iluminan, desentrañan con su prosa.

Pueblos con misterio.

 

Fragmento

Después de dormitar un rato, Fernando fue en busca de unas batas de baño y sirvió un par de copas de vino.

—En realidad, no sé qué pensar —dijo, retomando la pregunta de Irene, como si el tiempo se hubiese detenido mientras hacían el amor—. A veces pienso en lo que ocurriría si un día mi padre regresara a la vida. ¿Qué pasaría con el control y manejo de Cotosa, con las nuevas inversiones en medios de comunicación y en la generación de energía que hemos llevado a cabo aquí y en otros países?

Irene permaneció pensativa unos instantes.

—¿Te preocupa realmente? ¿Tienes algún indicio que sugiera que tu padre vive?

Fernando apuró el vino y fue a servirse otra copa. ¿Le contaría a Irene sus temores? Por ahora no, tal vez más adelante, cuando él mismo hubiera aclarado algunas cosas.

—No, no tengo ningún indicio.

—Entonces, deja de preocuparte. Aunque tu padre estuviera vivo, sería ya muy mayor para sostener una guerra contigo por el control de las empresas. Lo más probable es que te felicitara por lo bien que has sabido manejarlas y lo mucho que has aumentado sus activos y sus ingresos. —Irene se enderezó en el sofá, se ajustó el cinturón de la bata y miró fijamente a Fernando a los ojos—. ¿Hay algo que no me has contado?

—No, nada. Los mismos problemas que siempre aquejan a empresas como la nuestra —contestó Fernando, sonriendo con displicencia—. Ya te conté que en Perú tienen un presidente que pretende que el Estado participe con el sector privado en inversiones claves para el desarrollo; que la bolsa neoyorquina es un yoyo que sube y baja sin que nadie sea capaz de predecir qué pasará con el dinero allí invertido; que las inversiones que hicimos en televisión, radiodifusoras y periódicos todavía no comienzan a dar ganancias; que los bancos amenazan con aumentar las tasas ahora que se avecina un alza de intereses en Estados Unidos; que la corrupción se ha institucionalizado en el país y cada funcionario quiere su parte del botín; que el sindicato de los empleados de la construcción, quienes reclaman salarios exorbitantes, está a punto de declarar una huelga que paralizará varios de nuestros proyectos; que acabamos de detectar un faltante importante en la tesorería de la empresa y sospechamos que el asistente del jefe de las finanzas es el responsable. Lo mismo de siempre, Irene, problemas endémicos en la vida de las grandes empresas.

—Y en la de sus presidentes ejecutivos —acotó Irene.

—Así es.

Los antiguos esposos se sumieron en un prolongado silencio hasta que Irene preguntó:

—Y el juicio que la secretaria de tu padre había puesto contra él, ¿en qué quedó?